El Condenado
Me mandaron en una carta el original del texto, que a continuación voy a transcribir, el 14 de agosto de 1998, sin ningún tipo de sello ni de firma (por lo que el relato, si acaso lo es, debe ser interpretado como anónimo) pero sí con una pequeña nota al final, cuya letra no se parece en nada a la de la obra. Respeto esa nota y todo el texto al no modificar nada. Espero que esto se tome como un simple hecho de divulgación:
“¿Como iba a saber yo de mi desgracia el mismo día de mi nacimiento? ¿Como iba a saber que desde ese momento yo ya había sido signado por la maldición de ser inconcluso, de poseer una singularidad estéril? No había tardado mucho en notar que era diferente al resto de mis amigos, de mis familiares (exceptuando lógicamente a mi padre, ya que mi madre ignoraba en absoluto quién podría ser), de cualquier persona a la que veía por la calle. Así, siempre me vi obligado a sentirme marginado, incapaz de tener o crear algo que me destaque o que igualara mi relación con los demás.
Recuerdo que con las únicas personas con las que pude construir un vínculo realmente profundo, al mismo tiempo en que explícitamente me ayudaban a vivir un poco más a gusto, implícitamente me daban más razones para odiar mi terrible condición. Así como mi querido amigo Juan Cruz, por ejemplo, que siempre supo consolarme en las tardes en las que veía que yo solo podía leer empapando el libro de lágrimas, eso es verdad, pero también lo es el hecho de que él ya a sus 12 años podía soñar la realidad que él desease, y de la cual podía obtener cosas en el mundo real. Si no me equivoco, la primera vez que le ocurrió soñó que se encontraba sentado frente a un escritorio, y que estaba sentado del otro lado un hombre vestido de traje, con una máscara en el rostro, con los dos brazos apoyados en la madera, inmóviles. Este le preguntó qué le interesaría aprender, y Juan contestó que siempre estuvo interesado en aprender latín, así podría leer a los grandes maestros en su idioma original. Después de una intensísima clase que yo figuré que no hubiesen sido más de 7 u 8 minutos de sueño, se levantó de la cama sabiendo leer, pronunciar y conjugar cualquier tipo de verbo en cualquiera de sus formas del latín. Al día siguiente el muy bastardo llegó al colegio con una sonrisa de oreja a oreja y, después de hablar con el profesor, nos dió una clase de latín que ni siquiera el recibido e incipiente docente de primaria podía entender. Lo peor es que eso fue solo el comienzo. Juan Cruz no tardó en darse cuenta que solo (solo en realidad sería entre comillas, pero él no lo decía así) podía aprender el idioma, la cultura y la historia de cualquier civilización desde el comienzo de los tiempos, pero él estaba profundamente apenado porque lo que le apasionó siempre fue la idea de armar un barco, cosa que nunca pudo concretar, pobrecito.
En contraste con Juan, todo con lo que yo podría soñar era con escenas confusas, fragmentadas, distorsionadas y de las que no me quedaba ningún tipo de recuerdo claro más que la imborrable sensación de haber soñado algo que no viví. Es de público conocimiento que los sueños son incapaces de elaborar elementos de raíz, y que lo que en realidad hacen es una especie de collages de recuerdos, en donde se funden sentimientos, percepciones y pensamientos, y que eso quiere manifestar algo. En cambio, en los míos me quedaba impresa la huella de que no había ni sentido, ni percibido y ni siquiera imaginado las infinitas cosas que conformaban mis sueños, y que por lo tanto de algún lado las había sacado. Miento si digo que cuando me percate de eso no intenté convencer a los demás de que ese era mi atributo fantástico, que soñaba siempre con cosas que con gran certeza sabía que yo no había vivido, y que entonces yo tenía los recuerdos de una o cuantas personas la gente se pudiera creer en mi cabeza. Lamentablemente, al no poder evocar ningún tipo de fragmento de algún sueño mío, ya que de todos solo me quedaba una misma silueta vacía y ambigua, nadie me creyó, y seguí siendo considerado una abominación viviente, un anormal.
Un pensamiento similar me suscitaba por momentos mi otro gran compadre, Allan, quién insistía incansablemente en que yo era perfecto como era, que no me hacía falta nada más para ser una gran persona, y que no tenía nada que envidiarle a nadie. Eso, y que nunca jamás de los jamases me rechazó una cerveza, es cierto, siempre me hizo sentir mejor. Pero a su vez, ese Allan era el mismo Allan que podía desaparecer delante de los ojos de cualquier persona antes de que esta pueda notar su ausencia. No creo haber conocido poder más brillante. Era capaz de trasladarse en menos que un parpadeo de Buenos Aires a Beijing, y todavía menos en retornar. Nunca había presenciado nada parecido: él simplemente se desmaterializaba y se materializaba a su propia voluntad, a cualquier parte del universo que se le ocurriera, sin hacer falta conocerlo o imaginarlo. Nunca me quiso revelar bien como es que este mecanismo funciona dentro de su mente, pero tampoco nunca dudé en que debe ser verdaderamente inefable. No olvido que el hijo de su madre siempre me traía alguna extrañeza del último lugar al que había ido: recuerdo unas rocas lunares, un palitos chinos tallados artesanalmente con mis iniciales, una torre eiffel de miniatura, unas pequeñas rocas azules que había encontrado en la cima de un cerro ubicado en la región del delta del Ganges que cambiaban de cantidad imprevisiblemente cada vez que las arrojaba (conociendolas, apenas las vi le agradecí el regalo y le ordené imperativamente que las guardara en un cajón de mi cuarto, cajón que cerré con una llave que luego tiré al Rio de la Plata), un triángulo de no más de cinco centímetros de alto que era vagamente luminoso y que constaba de un solo lado, un dado de seis caras que cada vez que se divisaba alguno de los lados en particular los números de los otros lados iban creciendo progresivamente hasta llegar a 100 ínfimos puntitos, y un frasco con una sustancia verde y pegajosa traída de un “lejano planeta” que en cada solsticio cobraba un color negro infinito e infranqueable, y que solo esos días brillaba terriblemente en la oscuridad. Yo me mostraba agradecido y satisfecho cada vez que él me regalaba todas estas cosas, aunque por dentro me esté destrozando al hacerme evidenciar que yo no podía hacer eso, ni nada. Lo que más impotencia me daba es que, al igual que Juan Cruz, él no estaba conforme con lo que podía hacer y se mostraba gravemente afligido, porque lo que él quería era “ser invisible” o “poder hacer florecer cualquier tipo de planta, en cualquier momento”, pero para su desgracia solo se podía teletransportar, pobre y ultrajada criatura de dios.
Por esas y muchisima cosas más, siempre anduve por la vida muy angustiado, como maltrecho, como si me faltara algo que me completase. Sinceramente era ya desoladoramente triste ver como todos podían hacer algo excepcional: mi madre, por ejemplo, si quería podía hacer calentar hasta derretir cualquier objeto que tuviera en sus manos; mi tía podía retratar a la perfección a toda persona que haya mirado al menos tres segundos, y tambíen podía inexplicablemente darle el relieve exacto al dibujo para que sea la cara real del retratado; inclusive mi abuelo, que cuando lo conocí ya estaba postrado y rara vez era lúcido, era capaz de narrar en voz alta toda la biblia, y de indicar todas las obras de diversos autores en las que hayan figurado alguna parte de esta, desde las grandes alusiones a conocidos pasajes bíblicos, hasta un desconocido autor, por ejemplo, que afirmó que nunca nadie conoció pero que había reescrito el final de la parábola del hijo pródigo, y que era por mucho mejor que la original.
Entonces, si hasta en las últimas alucinaciones de su vida mi abuelo había sido capaz de mantener su rasgo distintivo, ¿que me quedaba a mí?
Toda mi vida pensé que no tenía ningún tipo de excepcionalidad, hasta el momento en el que nueve meses después de haber consumado una relación de tan solo una noche con una mujer que conocí en un excesivo estado de ebriedad, por primera vez experimenté una especie de llamado que pululaba sin cesar y que me condujo hasta la más recóndita habitación de un hospital, en la que toda esa energía que percibía se concentraba en una camilla, donde al acostarme me quedé dormido instantáneamente. En el sueño pude ver todos esos recuerdos que antes formaban mis sueños y que luego olvidaba en la vigilia, los pude ver claramente, como si fueran de innumerables vidas anteriores, y los ví hasta el preciso momento en que me fue develado mi poder. Viví y soñé como me introdujeron dentro de una gran esfera negra, y también viví y soñé el momento en el que volví a nacer, y lo voy a vivir y a soñar siempre así, cíclicamente, porque estoy condenado por toda la eternidad a ser diferente, a no conocer a mi padre, a no conocerme a mí.”
El texto fue encontrado en una habitación del Hospital Municipal José Tiburcio Borda, dentro de un cajón al que hizo falta destrozar para abrirlo porque nadie sabía donde estaba la llave, y se halló junto con unas piedritas azules que nadie se atrevió a tocar.
Comentarios
Publicar un comentario