Los Días Largos
•Día 1:
Cuando vi la noticia luego de varios minutos de ruidosas placas de “ALERTA” en el noticiero no puede fingir sorpresa: se veía venir. “Mal momento para vivir solo” me dije mientras miraba algo preocupado la alacena pensando que podría tener más comida, más champiñones en lata, más fideos, más arroz, más café. Sobre todo estaba preocupado y ocupado por el café, porque si bien en momentos delicados y extremos pensé que podría llegar a prescindir del pan de las mañanas, de la palta, del jugo de naranja, estaba seguro que no podría prescindir del café ni por un solo día. Así que en ese mismo instante salí de mi casa bien abrigado, con barbijo y guantes puestos, y mirando para todos lados como si me estuvieran acechando: me sentía completamente infranqueable a la vez que sabía que lo que sostenía ese sentimiento era algo como una finísima telaraña que después de haber sido cortada se sigue aferrando inevitablemente a todo lo que toca. En menos de 5 minutos volví del almacén de a la vuelta con 20 paquetes de 250 gramos de café, y me despedí de la calle como quien baja al andén de un tren de larga distancia, o como un fruto se despide de la rama del árbol que le dio vida sabiendo que no volvería a subir.
•Día 4:
Me sorprendió la rapidez con la que me desprendí del uso de mi ropa que más me gustaba y con la que mi ropa de entrecasa se adueñó de todo momento vestible. De la rapidez y del hecho de no sentir culpa alguna. “No me cabe duda de por qué o por quienes me vestía” decía mientras no me miraba en el espejo de mi cuarto porque no estaba allí, sino que estaba en el sillón del living leyendo a Saer y pensando qué tanto se puede describir algo o alguien sin que parezca que se le agregan detalles que imposiblemente conforman lo descripto. Claramente no sabía la respuesta, pero sí sabía que Saer juega constante e infinitamente con ese difuso límite, en ese difuso límite, y que su acierto descansada en que si cuestionaba ese recurso no era porque lo veía irreal o “demasiado” artificial, sino porque el nivel de abstracción que me producía era tal que lograba olvidarme del presente, de toda la paranoica situación, y podía concentrarme únicamente en una imagen mental mía basada en lo que leía. En efecto, si cierro los ojos casi puedo palpar las figuras de dos hombres vestidos de negro rodeado por una vasta extensión de escombros, y hasta casi puedo detallar el aspecto del auto abandonado con las puertas abiertas que está cerca de ellos, y todo esto casi lo puedo hacer aunque sepa que apenas abra los ojos todo quedará medio borrado e irreconocible, quizás como si nunca lo hubiera pensado.
De hecho, cuando a los cinco minutos después me encontraba mirando las plantas del patio con un café con leche en la mano, ya no pensaba en la figura de esos hombres que, como mucho, todavía resonaba levemente en alguna parte de mi mente. No. Sino que estaba pensando en lo poco que cambió todo para ellas, mis plantas, y cómo se deberían encontrar tan a gusto como antes. “Irónico es que la poquísima distancia que nos separa no evidencia el estado completamente diferente de nuestros cuerpos” pensé mientras las regaba. Albahaca, tomillo, lavanda, orégano, menta, aloe vera y mi planta preferida colman el pequeño espacio de mi patio y absorben todo lo que pueden la luz solar, que tan solo un par de horas después del amanecer se hace presente.
•Dia 13:
Los días soleados quedaron atrás hace rato, ahora solo llueve o todo el día o de tanto en tanto, y ni un solo rayo del sol se filtra por más de un minuto. Miré las plantas de mi patio y las ví ahora más afectadas que cuando comenzó esta angustiante reclusión. Verlas resistir estoicamente solo me evidenció la inmensa brecha que hay entre ellas y yo: en tan solo 13 días ya me rapé, ya adelgace cerca de 2 kilos, ya no quiero tener más relación con nadie y ya mi barba parece haberse convertido en un ser independiente de mí, puesto que se enreda y desenreda a voluntad, a la vez que varios mechones obtuvieron un color rojizo que se diferencian primera vista de los negros, e inclusive, solo de vez en cuando, escucho unos tenues susurros que provienen ese matorral de pelo oscuro encolerizado.
Por lo tanto, un día, digamos hoy, envidioso de la tranquila estabilidad que tienen mis plantas, decidí empezar a pasar unas horas al día junto con ellas, como ellas. Probablemente no elegí el mejor día para comenzar porque, transcurrida la hora y media sentado en mi patio, comenzó a llover. Primero fue algo como un débil lagrimeo, por lo que decidí quedarme inmóvil, pero luego se transformó en una insoslayable lluvia. Miré mis plantas, sobre todo a mi favorita, como buscando una respuesta. Me sentía observado por todas esas hojas verdes que apenas podían resistir el peso de las gotas que solo aumentaban de tamaño con el paso de los segundos; sentía que me sentiría juzgado por sus finos tronquitos, que se esforzaban como nunca antes para mantenernos erguidos, si decidía levantarme y refugiarme bajo el techo de mi casa, sobre todo porque ellas no podían hacerlo. Así, opté por quedarme allí dos horas más, con la clara posibilidad de sucumbir ante una gripe, solo por la posibilidad de sentirme mejor, en paz, débil pero creciendo, quieto pero estable.
•Día 25:
Después de haber estado algo más de una semana enfermo, recién hoy pude volver a salir al patio. No sé que me enfermaba más: si las consecuencias que me trajo esa fría agua de lluvia o la angustia que me generaba no poder relacionarme con mis plantas de la forma que más quería, respirando el mismo aire, calentándome con el mismo sol.
Durante estos días, para no sucumbir ante el restante viento de la locura (¡mis plantas no no lo permitan!), pasaba horas y horas mirando a mis pares a través de la ventana del living. Lo único que me servía de indicio para pensar que el tiempo estaba pasando era concentrarme en el lento pero constante movimiento de las sombras que se proyectaban. Si cerrara los ojos podría recordar perfectamente: la albahaca, por ejemplo, en las primeras horas de la mañana trazaba una sombra hacia el oeste que me recordaba a un equilibrista que ví una vez sosteniendo varias pelotas apiladas unas encima de las otras con un palo; luego a eso de las 12 se le caían todas, puesto que todo el espectáculo se reducía a un concentrado círculo a los pies del tallo, como si estuviera sollozando en posición fetal encima de sus instrumentos; finalmente apreciaba como este se había levantado pero no para hacer su gracia, sino que solo se quedaba quieto observando todas sus herramientas, desparramadas hacia el este, con cierto desdén.
Y así podría hablar de cada planta: de como la lavanda proyectaba un enorme campo de trigo a eso de las 4, o de como el tomillo concebía una corona de espinas por la mañana. Pero creo que, si bien la paciente observación de esas danzas en las baldosas de mi patio estrechó mi relación con mis bellas iguales, nada me hizo sentirme tan cercano a ellas como lo que sucedió hoy. Queriendo volver a mi costumbre de estos herméticos días de salir al patio a la mañana con un café con leche en mano y de no volver a entrar hasta la hora de la merienda, hoy salí a mi interior intemperie a eso de las 10. Estuve sentado meditando por un largo rato en paz hasta que un penetrante escalofrío comenzó a bajar desde mis brazos hasta mi vientre, luego pasó a mi espalda y de ahí subió a toda velocidad hasta el cuello. Recién en este último punto abrí los ojos y me estremecí al ver las incalculables gotas rompiendo en las baldosas de mi patio, y no porque tengan un temible peso de por sí, sino porque me fue inevitable recordar lo acontecido hace 12 días. A los pocos segundos ya me sentía completamente anulado y desbordado por mis nervios y mis miedos, lo que me llevó a ese estadío previo a un contingente punto de inflexión: dudé. Dudé qué hacer. No quería levantarme y refugiarme, pero en unos dos minutos ya estaba lloviendo torrencialmente y los leves gemidos que había comenzado escuchar hace instantes ya se habían vuelto vociferaciones desgarradoras que me entumecían los oídos sin descanso. Ninguna mirada de compasión hacia ellas lograba menguar esos alaridos punzantes: comprendí su presentimiento de una muerte impostergable y decidí actuar. Primero rescaté a ella, mi predilecta, y la puse bajo techo; luego, una por una, siguieron las otras. Logré refugiar a todas sin ninguna baja sensible (la menta, al fin y al cabo, mucho no me gustaba), lo que me generó una intensa sensación de felicidad, de que podía cuidar aquello y a aquellas que más quería si me lo proponía. Para mayor satisfacción, cenamos juntes a la luz de nuestras últimas velas: yo un café con leche y tres galletitas de arroz, ellas una nutritiva mezcla de agua y fertilizantes.
•Día 37:
Hoy decidí que, por vez primera, me voy a quedar toda la noche junto a mis compañeras. Quizá lo decidí específicamente hoy por el susto que me llevé esta mañana cuando no estaba leyendo a saer en el living, sino que estaba en mi cuarto: mirando por la ventana espejada algo que me parecía ser una lejana y degradada dimensión, solo pude ver, fino como un papel, un marchitado palo borracho encerrado en su impenetrable corteza formada por pinches, sin nada de agua en su interior, con sus brazos como resquebrajadas ramas que no podían sostener ni su propio peso ni el de su futura flor. Quizás fue por eso y porque en el inevitable contacto visual que tuvimos sentí cómo se aceptaba así, cómo aceptaba su vulnerable desnudez con una rendida resignación, y como él, además, buscaba y quería ser así, lo que me dió un repentino rechazo y una profunda repulsión. Es que ¿Cómo podía alguien anhelar ese estado de abandono, de destrucción, de marchitez? ¿Cómo alguien podía querer resignarse a eso? ¿Qué infame signo debería haber habido antes para resignarse en eso? Y Quizás, aunque muy dentro de mi la supiera, nunca pueda encontrar una respuesta a esa pregunta, como quizás no fue por todo esto que decidí lo que decidí, sino que fue por algo más simple, o por todo esto sumado a algo más simple: hoy, por ejemplo, también me quedé sin mas leche en polvo, y quizás esto incidió en mi determinación: porque ya no tenía una razón para volver a entrar.
A lo largo del día, en mi interior intemperie, solo me dediqué a dos tareas: primero, en vez de mirarlas directamente, cerré los ojos y recordé, reproduciendolas, cada figura que trazaba cada planta en cada momento. “Ahora el orégano y el aloe se tocan por única vez en el día solo por dos minutos”; “Ahora el equilibrista solloza levemente”; “Ahora el campo de trigo se extiende hasta tocar los crispados tentáculos del aloe, que simulaban un fuego fátuo, para luego reducirse cenizas”. Así, entre falsos “ahora” que ocurrían todos a la misma vez, estuve desde la mañana hasta bien entrada la tarde, hasta que caí en la cuenta de que no podía recordar ni reproducir la danza o los dibujos de mi favorita. Súbitamente abrí los ojos, la miré, y entendí por qué: no era la silueta de siempre, sino que una nueva figura se estaba delineando porque un nuevo elemento estaba creciendo en ella: de un capullo se dejaban ver los primeros pétalos de una blanca flor. Observar esa sombra fijamente fué la segunda tarea que realicé hasta que el último rayo del sol se ahogó en la medianera de mi patio; y no lo hice gratamente. La sola idea de que, en este contexto de ahogante confinamiento, se le ocurra particularmente a mi preferida engendrar un nuevo ser me causaba una leve depresión en el pecho; no entendía de dónde obtenía esas inocultables ganas de florecer que tantas náuseas me generaban. El solo sentir cómo ese capullito agrandaba la brecha entre ella y yo hasta volverla ilusoriamente inconciliable me dejó al borde del llanto, pero no lloré sino solo cuando ví y comprendí que la blancura de la flor no tenía ningún esbozo ni ningún vestigio de su típica y penosa amistad con el amarillo. Irónicamente, fue esa ambigua expresión y muestra de perennidad lo que hizo que brotara algo en mí, aunque solo fuera una lágrima. Así, en concordante paz, entramos en la noche.
Ya sumergidos en una oscuridad cuasi infinita sentí algo como una inefable inminencia y, sin tener la menor idea de qué podría tratarse, decidí prepararnos. Colocandonos correctamente, logré que formemos un círculo con mis queridas pares: puse a mi predilecta hacia el norte, a la albahaca hacia el sur, a la lavanda hacia el oeste y al aloe vera hacia el este. Luego, cerré el perímetro con algunas piedritas que tenía y me senté en el centro. Como sentí que algo faltaba puse otras cuatro piedritas entre cada planta y yo, de manera que lo que llegara a fluir entre ellas también llegara hasta mí. Me senté en el centro de nuevo y a los pocos segundos comenzó a pulular una secreta energía en el aire, y no tardé en sentir como cada elemento de mi pequeña intemperie interior se empezaba a colmar de esa energía y, menos por miedo que por una primitiva resistencia a un ente extraño e ininteligible, cerré mis ojos con todas mis fuerzas como para ratificar la hermética oscuridad que veía o no veía. Solo duró cerca de una efímera hora, hasta que repentinamente un fulgor insoslayable se hizo presente ante mí como nunca nada lo había hecho antes y, por primera vez desde que vivo en estos días largos, me siento en el presente. No recuerdo la última vez que me pasó, pero ahora (y este “ahora” ahora no es falso) no tengo dudas de que lo siento. Con lágrimas en las pestañas y entre los párpados abro apresuradamente los ojos solo para ver el resplandor de la luna llena saturar y cargar de luz y energía los cuerpos de mi patio y, con un clara sensación de íntima solemnidad, observo refulgir a las piedritas en el suelo. Abro todavía más los ojos al sentir que la inminencia no solo no ha terminado de expresarse sino que solo se acrecienta y veo, como en un espejismo, como en un sueño, como en un refractante reflejo, las sombras de mis plantas proyectadas como nunca las ví pero casi exactamente igual a como las conozco, con la única diferencia de que, por tratarse de la blanca luz lunar y no de la amarillenta luz solar, parecen menos la réplica idéntica que el reverso opuesto de mis recuerdos. Si bien una inestable ansiedad me domina al pensar esto último, la misma se reduce solo a un vago irrecordable recuerdo cuando comprendo lo que está por suceder: solo con esta oblicua luz envuelta en oscuridad, solo con esta específica disposición de nuestros cuerpos, y solo con esta energía que fluye desde ella hasta mí por las piedras, la sombra de mi jazmín se encontrará finalmente con la mía en, calculo, unos 12 minutos. Solo me queda esperar.
18/04/2020
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