Sobre Una Convicción Irrevocable

   En Los Vientos, uno de los pequeños pueblos del condado de Adanteánia, se rumoreaba qué en una cueva del cerro “pozo ciego” (referido así debido a qué su color era un negro tan oscuro y profundo qué parecía no tener superficie ni fin)  se escondía un gran tesoro qué el propio conde de esa región había escondido. Luego de la trágica muerte de este conde, los campesinos del pueblo decidieron ir una vez al año a buscar ese tesoro a la montaña. Sabían por un dibujo encontrado en el castillo del difunto conde, que la entrada de la cueva tenía una particular forma triangular, lo que sería fácil de diferenciar. Sin embargo esto siempre resultó catastrófico: el primer intento constó de 400 hombres, de los cuales solo retornaron 70 alegando que el resto se cayó a un precipicio cuando un borde de la montaña cedió; la segunda búsqueda también resultó fallida, porque si bien volvieron todas las personas que habían ido, no estuvieron ni cerca de encontrar una cueva que pueda ser el lugar del tesoro; y de la tercera es mejor ni hablar: no regresó nadie de las 500 personas que habían ido a la expedición, y nadie sabe por qué.

 Pasados cuatro años después de la muerte del conde, el pueblo no encontraba motivación para emprender una cuarta búsqueda, pero sí las tres anteriores habían hecho una gran influencia sobre los niños del pueblo, que todo lo que hacían era desenterrar objetos, buscar dentro de cualquier recipiente algo valioso, y hasta en un valle con una infinita cantidad de piedras iguales, muchos pequeños se reunían por horas para discernir entre las piedras cuál era la más brillante y hermosa. 

  Algo similar le ocurría a Renato, un chico de apenas 9 años cuyo sueño era encontrar el gran tesoro escondido, y para practicar su capacidad de investigar solía pasar entre 4 y 6 horas diarias en el valle buscando piedras, o caminando cerca del “pozo ciego” para poder visualizar alguna cueva de entrada triangular. Pero siempre fue en vano. En un punto él había llegado a creer que no existía tal cueva y menos tal tesoro, hasta que un día encontró algo que nunca antes había visto; entre todas las infinitas y grises piedras del valle, halló una piedra triangular tan negra como el cerro, y tan brillante como el oro. No tardó en deducir qué era valiosísima, y la guardó en su bolsillo, jurándose a sí mismo nunca contar lo sucedido. Sin embargo una voz que provenía de sus espaldas le impregnó un escalofrío que quizás jamás lo abandonaría:

–Eh Renato, ¿qué acabás de guardarte?

Renato paralizado por el temor a que le roben su ahora posesión más preciada, tardó en contestar.

–Nada Pedro, una de estas tantas piedras del valle. No jodas.

–Pero si es una piedra como el resto, ¿para qué la guardas? Además pude ver qué era negra…

Renato le clavó la mirada a su amigo como nunca antes y alejándose apresuradamente le dijo:

–Vos no sabés nada Pedro, es gris como una nube, y la guardo porque tuve la corazonada que estas piedras ya no estarán más aquí algún día. Nos vemos.

–Mentís y lo sabés!–dijo Pedro gritando– le voy a comentar a todo el pueblo sobre tu hallazgo y te lo van a sacar si no me lo mostras!

Renato no hizo caso y se fue a su casa sollozando. Cuando llegó y vió a sus padres les dijo que tenía mucho miedo, y les contó todo lo sucedido.

-Pero Renato por favor!–le contestó su madre con una sonrisa– No hay nada de qué preocuparse. No creo que tu amigo diga nada ni que sea importante encontrar el tesoro escondido en el cerro. 

–Escuchá a tu madre Renato. –dijo su padre mientras leía el diario– De hecho hoy me enteré que hay nueva información acerca de la ubicación de la cueva, pero me confirmaron que la brindó un viajero viejísimo que hace poco llegó al pueblo, por lo que parece que tu amigo no dijo nada. En efecto, hoy mismo a medianoche se emprenderá la cuarta expedición al cerro. Si querés podés ir Renato, aunque yo me voy a quedar en casa porque estoy agotado.

–Gracias padre, pero yo también estoy cansado– contestó mientras se iba a su cuarto.

Luego de qué Renato se quedara pensativo en su cuarto por unas horas, conjeturó qué sería tonto y hasta exagerado qué toda la gente le haya hecho caso a su amigo, y mucho mas tonto y exagerado sería qué hagan algo al respecto, y así se quedó más tranquilo y pudo dormir.

A medianoche lo despertaron las campanadas y las fuertes vociferaciones del pueblo que provenían de la plaza central. Se sentó en su cama con los ojos cerrados, intentando adivinar si esos gritos y esas contundentes pisadas, semejantes a una estampida, se acercaban o se alejaban. Sin margen de error, se acercaban. Renato fue hasta el comedor, tomó una espada de su padre, y volvió a su cuarto. Quiso dormir y nunca tuvo seguridad si en algún momento lo había conseguido. De un fugaz respingo se levantó de la cama al oír como destrozaban la puerta de entrada. No le sorprendió el callado grito mortal de su padre, pero sí le dolió el eterno y último gemido de su madre. Sin embargo, Renato esperó. Renato siente como los pasos se acercan hasta la puerta de su cuarto. Renato espera tembloroso detrás de esa puerta, con una mano sosteniendo la espada, y con la otra resguardando infinitamente su piedra negra.




12/01/2019


Comentarios