Caemos como lluvia

 

  Me acuerdo de haberla mirado a los ojos y saber que ella no aprobaba mi decisión. Creo que comenzó a llorar cuando yo me puse mi sobretodo, o tal vez cuando ya estaba en el marco de la puerta perfilado hacia fuera, viendo el día gris como un espejo. Sentí su mano cálida apoyada en mi hombro, sentí como se deslizo lentamente hasta que nuestras manos se encontraron para no soltarse por un rato, que fue como un trago dulce entre tanta lágrima que ya empapaba mi abrigo. Me abrazó tan fuerte que recordé el color de su pelo, y como irme entonces, como marcharme cuando su olor me invadía por completo, cuando las sabanas eran el único refugio que teníamos entre tanta soledad del campo.   

 

  Cuando me asegure que ya estaba en un sueño profundo me levanté cautelosamente de la cama. Mientras me vestía con todo el silencio posible, me la imaginaba llorando de nuevo del otro lado le cama, tan cerca de mí y con tanta tristeza. Salí del cuarto sin mirar atrás, sabiendo que cada paso retumbaba en mi conciencia como miles de canicas cayendo por una escalera sin fin. Ya era yo quién lloraba, pero intentando de vencer al pensamiento en su propio juego, tomé unos sorbos de un café ya demasiado frío y salí.

 

  Las nubes pesadas no dejaban ver el horizonte, o más bien, creaban otro más cercano. Los caminos de tierra, que más que de tierra ya eran de barro, eran algo confusos y traviesos, y llegué a pensar que me estaban haciendo una broma. Luego de caminar por unas horas mi reloj ya no funcionaba por la humedad, lo que me desorientaba totalmente puesto que el día nublado enmascaraba el sol tan bien que ni podía sospechar su ubicación. En ese momento en el que estaba algo desconcertado, me percate de que esta neblina era muy parecida a una de hace ya mucho tiempo. Recuerdo que estaba yo con mi mama en la estación del tren, esperando a que mi padre vuelva del trabajo tras dos meses de ausencia. Yo tendría 7 u 8 años por ese entonces lo que me hacía todavía más vulnerable a todo sentimiento profundo, por lo tanto para cuando mi padre bajo del tren aquel día soleado, yo ya estaba llorando a cántaros. Me es imposible olvidar su paso firme entre la multitud, y mucho más cuando nos abrazamos los tres juntos, fuertemente, por unos hermosos segundos. En ese momento, además de la bocina del ferrocarril, escuché un sonido muy extraño, algo indescifrable, como canicas cayendo por…

 

 

  Me encontré caminando por un pastizal que me llegaba hasta la rodilla, lo que dificultaba mucho cada paso. “La realidad reprimida por un mundo que nace de las puntas de nuestros pies” pensé o balbucee débilmente, sin detenerme en ningún momento. Instantáneamente razoné que la fragancia de ese prado con la lluvia, se había impregnado en lo más profundo de mis pulmones, tan suave y natural como el aire de una cima de una montaña helada. Estaba exhausto pero debía continuar.

 

 En ese momento vi como unos bloques de ese pastizal crecían rápidamente del suelo; eran negros, cuadrados, sólidos y a simple vista impenetrables. En un principio me quede estupefacto mirándolos, hasta que me percaté que me estaban acorralando. Corrí con todas mis fuerzas, con mi último aliento, pero era inútil, ascendían demasiado rápido, tanto que no podía diferir si crecían del suelo o caían del cielo. Cuando finalmente me encerraron, me di por vencido, dejé de correr y me senté en el terreno. “Ya está” pensé y cerré los ojos. En ese mismo instante, sentí como debajo de mí crecía paulatinamente un bloque igual a los otros. Para cuando abrí los ojos, lo único que vi fue una extensa llanura negra con una fina línea blanca a mi izquierda y con un ocaso rojo en el fondo. Algo mareado y sin pensar, caminé sobre la línea por unos minutos, tal vez horas, hasta que de repente, me encontré a solo dos pasos de una puerta. “La única luz que calienta es la del sol” pensé tranquilo. Apoyé la mano en el picaporte, y entré.

 

-No creí que volverías.

 

-Yo tampoco.

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