El Reencuentro

 Se podría decir que Juan Carlos Medrano siempre fue de esas personas a las que todo le salió bien en la vida. De familia aristocrática, jamás tuvo problemas económicos, fue a un buen colegio y a una excelentísima universidad. Al poco tiempo de graduarse consiguió un trabajo que le generaba una incalculable satisfacción, y qué podría conservar hasta sus últimos años. No tardó en casarse con una mujer bellísima y de buena familia como él, ni tampoco en tener hijos que los llenarían de orgullo. 

  Entonces, también se podría decir que Juan Carlos Medrano era un hombre feliz. Sin embargo no es totalmente así: si bien largo tiempo fue muy feliz y tuvo todo lo que cualquier persona pudiera desear, de repente se sintió vacío, insatisfecho, como si le faltara algo. Esto sucedió apenas antes de que se comprara su tercera mansión y poco después de que consiguiera su primera Ferrari, pero por sobre todo a la semana, aproximadamente, de la muerte de su madre. Estaba acostado en el medio de la noche, boca arriba, intentando dormir, cuando recordó algo en lo que nunca antes había reparado. Recordó que cuando era niño, a los pocos días de nacer quizás, su madre le había regalado algo especial, algo que en su memoria era hermoso, un objeto que al imaginarlo le era imborrable, y que no era cualquier objeto, era el objeto: fue el primero que sostuvo con sus manitas pequeñísimas. El gran problema es que no podía descifrar qué era exactamente. En su memoria lo visualizaba como algo suave como el algodón y tan liviano como una pluma, pero sabía que no era ninguna de esas dos cosas, ni nada que se les pareciera a eso. La incapacidad de lograr adivinar y así posteriormente poder reencontrarse con ese objeto le generaba una angustia que día a día se hacía más pesada y profunda, similar a la sensación que deja la muerte de un ser querido que uno siempre quiere volver a ver, pero la diferencia es que uno sabe que eso, al menos en esta vida, no va a volver a pasar, y en cambio Juan Carlos tenía la clara esperanza de vivenciar nuevamente lo qué sintió cuando niño.  . 

  Así, poco a poco, su vida se fue descarrilando. Repentinamente una vez a la semana comenzó a faltar al trabajo, lo que aumentó en dos ausencias al par de semanas, y al cabo de dos meses ya había dejado de trabajar por completo, utilizando todo ese tiempo para caminar incansablemente, con los ojos bien abiertos, en constante estado de alerta, por ferias como la del parque Centenario o Rivadavia, por si el objeto entraba súbitamente en su campo de visión. Previsiblemente, la esposa, luego de innumerables intentos fallidos de conversar acerca de lo que lo atormentaba tanto, al punto que como dije no podía dormir y luego tampoco comer como es debido, y finalmente siquiera hablar (cuando estaba en su casa solía pasar el tiempo sentado, mirando eternamente el fuego del hogar consumiéndose), le pidió el divorcio ni bien Juan Carlos demostró que no podía seguir manteniendo a la familia. Cuando pasó, él se fue de su casa, y a los pocos días del país.

Sin saber a donde ir o en dónde buscar (qué era lo mismo) Juan Carlos Medrano comenzó un largo viaje por Latinoamérica qué le llevó más de 10 años: primero fue hacia Chile, después subió hasta Perú en donde vivió como vagabundo 3 años en Lima, luego siguió subiendo y recorrió Ecuador, Colombia, Panamá, Puerto Rico, Venezuela y Brasil, naturalmente todo sin un peso, caminando enormes distancias y aprovechando ocasionalmente la voluntad de aquellas personas que se ofrecían a llevarlo hasta donde sea. Sin embargo, en todo ese viaje jamás se cruzó ni pensó en qué se iba a cruzar con aquel objeto que buscaba tanto, y eso que ya había sostenido en su mano todo tipo de artefactos, elementos, rocas y artesanías que se puedan imaginar. Algunos verdaderamente lo maravillaron, pero ninguno lo completaba de la forma que él necesitaba.

  En algún punto de su estadía en Brasil decidió que ya era hora de volver a Argentina (en efecto había buscado poco en el sur del país), por lo que, ya casi llegando a los cuarenta años de edad pero aparentando muchísimo más debido a su piel curtidísima y a su ropa qué hace meses y meses no lavaba, emprendió la vuelta a su país natal, pero bajando por Bolivia. Y esa decisión, de bajar por el país hartamente selvático y altiplánico, que tomó a la ligera, sería una de las últimas que tomaría, porque luego de pasar varios días en La Paz fué a la feria de El Alto, donde estuvo caminando largamente desde el comienzo de la misma. Allí, de repente, de entre todos los puestos que están abarrotados de artículos variadisimos, en uno que estaba como a doscientos metros de él, le pareció ver el objeto, su objeto. Apenas creyó reconocerlo se quedó inmóvil, paralizado, invadido totalmente por una euforia inexplicable, casi instintiva, pero qué de momento solo lograba dejarlo anonadado, sin poder moverse. En cuanto pudo, se fue acercando lentamente al puesto que una vez que vió no sacó los ojos de encima, y tras cada paso que daba creía confirmar el hecho de que eso que había visto era lo que estuvo buscando toda su vida, inclusive en los momentos en los que ni estaba pensando en ello. Se quedó atónito delante del objeto, observándolo por largo rato desde todos las perspectivas que creía posibles, y este era igual a como lo había imaginado: de una forma casi esférica, al menos ovalada, era blanquísimo al punto que de vez en cuando podía encandilar a quién lo viera si lo miraba por mucho tiempo, y parecía tan suave y liviano que daban ganas de tocarlo y de levantarlo para sentir su peso. La mismas ganas tuvo Juan Carlos después de apreciarlo tanto, como también de preguntarle al vendedor qué era aquél objeto, el objeto. Cuando finalmente lo tomó con sus manos, justo antes de que una lágrima le terminara de brotar de sus ojos, Juan Carlos Medrano cayó muerto al suelo dejando caer el objeto también.



21/01/19


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